Pero parece ser que esta vez, por mucho derramamiento de sangre que haya por parte del régimen socialista e islámico radical de los ayatolás, el pueblo no se va a achicar.
En los últimos días hemos visto cómo mujeres se deshacen del velo islamista y proceden a quemar las imágenes de uno de los dictadores más represivos y sanguinarios del planeta, el ayatolá Jamenei. También hemos visto cómo los ciudadanos, hartos de tanta represión, han irrumpido en numerosos cuarteles de la llamada Guardia Revolucionaria, mientras las cifras de muertos a tiros en manos del régimen —esas que intentan ocultar cortando la conexión a internet en todo el país— aumentan.
Me produce cierta vergüenza que Occidente calle ante este atropello a las libertades y a los derechos humanos, porque ¿dónde están las feministas, Montero y Belarra?, ¿dónde están los que apelaron a Trump por el derecho internacional?
En fin, si arropamos al pueblo iraní, si les transmitimos nuestra fuerza, será cuestión de tiempo que volvamos a ver una imagen como la del pasado tres de enero: los demócratas y locales celebrando la caída de una dictadura sanguinaria, y la de las feministas de pancarta y los comunistas con iPhone llorando por ver cómo se acaban, sin socios que los financien.
En definitiva, la llama está prendida y, con valentía y fuerza, es difícil que se apague. En Nepal la generación Z ya lo ha logrado; Venezuela está en proceso y esperemos que se hable de urnas lo antes posible. En Irán están muy encaminados y próximamente serán los pueblos oprimidos de Cuba y Nicaragua, así como tantos otros pueblos que a día de hoy viven bajo la sombra de un tirano.
La libertad avanza y esto es un movimiento absolutamente imparable. La historia nos enseña que, cuando el pueblo pierde el miedo y decide actuar unido, ningún régimen —por represivo que sea— puede resistir eternamente. ¡Fuerza, Irán! La libertad no se regala, se conquista.
En los últimos días hemos visto cómo mujeres se deshacen del velo islamista y proceden a quemar las imágenes de uno de los dictadores más represivos y sanguinarios del planeta, el ayatolá Jamenei. También hemos visto cómo los ciudadanos, hartos de tanta represión, han irrumpido en numerosos cuarteles de la llamada Guardia Revolucionaria, mientras las cifras de muertos a tiros en manos del régimen —esas que intentan ocultar cortando la conexión a internet en todo el país— aumentan.
Me produce cierta vergüenza que Occidente calle ante este atropello a las libertades y a los derechos humanos, porque ¿dónde están las feministas, Montero y Belarra?, ¿dónde están los que apelaron a Trump por el derecho internacional?
En fin, si arropamos al pueblo iraní, si les transmitimos nuestra fuerza, será cuestión de tiempo que volvamos a ver una imagen como la del pasado tres de enero: los demócratas y locales celebrando la caída de una dictadura sanguinaria, y la de las feministas de pancarta y los comunistas con iPhone llorando por ver cómo se acaban, sin socios que los financien.
En definitiva, la llama está prendida y, con valentía y fuerza, es difícil que se apague. En Nepal la generación Z ya lo ha logrado; Venezuela está en proceso y esperemos que se hable de urnas lo antes posible. En Irán están muy encaminados y próximamente serán los pueblos oprimidos de Cuba y Nicaragua, así como tantos otros pueblos que a día de hoy viven bajo la sombra de un tirano.
La libertad avanza y esto es un movimiento absolutamente imparable. La historia nos enseña que, cuando el pueblo pierde el miedo y decide actuar unido, ningún régimen —por represivo que sea— puede resistir eternamente. ¡Fuerza, Irán! La libertad no se regala, se conquista.

