En las tertulias, en las redes y en los mentideros políticos se da por hecho: el "sanchismo" ha agotado su tiempo. Se habla del fin de una etapa como si fuera una ley física inevitable. Pero cuidado, porque el exceso de confianza es el mejor aliado del adversario.
Uno de los errores más graves en política es celebrar antes de tiempo. Ya lo vimos en el año 23 y ahora se empieza a repetir: encuestas falsas que dibujan escenarios idílicos y que llevan a los partidos a repartirse ministerios en los despachos antes de que los ciudadanos depositen el voto en las urnas. Creerse la propaganda propia es el primer paso hacia la derrota. Las encuestas no son resultados; son fotos fijas que, a menudo, pecan de un optimismo que desmoviliza al electorado propio y activa al contrario.
Además de encuestas, está la fragmentación de la derecha. No podemos olvidar lo que ocurrió en las generales de 2023. La fragmentación y el enfrentamiento directo entre PP y Vox fueron el salvavidas de un gobierno que parecía hundido. Mientras algunos no iban a debates, hablaban mal de su posible socio, o buscaban el voto útil, el bloque social-comunista actual resistía por pura cohesión de intereses.
La realidad es cruda: si el centro-derecha y la derecha (PP y Vox) no logran una reconciliación estratégica, están condenados a repetir la historia. Estar fuertes para las generales no significa pensar igual en todo, sino entender que el objetivo superior —el cambio de ciclo— exige puentes, no muros.
La política actual no perdona la soberbia. No basta con esperar a que el rival caiga por su propio peso. Hay que ofrecer una alternativa sólida, unida y, sobre todo, realista. No se puede ir a las urnas con la sensación de que "el trabajo ya está hecho".
