Gobiernos que sobreviven más que gobiernan, pactos frágiles, debates intensos pero poco concluyentes y una administración que avanza con lentitud ante retos enormes: competitividad económica, sostenibilidad del estado del bienestar, cohesión territorial, seguridad jurídica o peso internacional. En ese contexto, emerge la tentación de pensar que hace falta alguien con mano firme, visión clara y capacidad real de ejecución.
Ahora bien, conviene separar el mito de la lección útil.
Frank Underwood no es un modelo democrático. Su figura se apoya en la manipulación, el desprecio institucional y la ética instrumental. España no necesita eso. La democracia liberal no se fortalece con líderes que entienden el poder como un fin en sí mismo. De hecho, buena parte de los problemas actuales vienen precisamente de la erosión de la confianza en las instituciones y de la percepción de que las reglas se adaptan al interés del gobernante de turno. Lo que sí podría necesitar España —y aquí es donde la pregunta cobra sentido— es algo del perfil que Underwood caricaturiza: liderazgo estratégico, valentía política y capacidad de asumir costes. Un dirigente que no gobierne solo a golpe de encuesta, que priorice reformas estructurales aunque sean impopulares a corto plazo, y que entienda el poder como una herramienta para transformar, no solo para resistir.
Desde una mirada más cercana a la derecha, esto se traduce en algunas ideas claras: menos política de gestos y más gestión; menos dependencia del relato y más respeto por la economía real; menos improvisación legislativa y más seguridad jurídica. España no necesita un titiritero del sistema, sino un reformista serio, con autoridad moral y política, capaz de ordenar prioridades y devolver previsibilidad al país.
También hay un matiz cultural importante. Frank Underwood es producto de un sistema presidencialista, hipercompetitivo y personalista. España, con su tradición parlamentaria y su pluralismo territorial, exige otra clase de liderazgo: firme, sí, pero integrador; decidido, pero institucional; ambicioso, pero consciente de los límites.
En definitiva, España no necesita un Frank Underwood. Necesita justo lo contrario de su versión más oscura. Pero sí necesita líderes que no teman ejercer el poder con claridad, que entiendan la política como responsabilidad histórica y no como mera supervivencia diaria. Menos cinismo brillante y más convicción serena. Menos juegos de tronos y más sentido de Estado.
La verdadera pregunta, quizá, no es si necesitamos un Frank Underwood, sino si somos capaces de exigir —y respaldar— un liderazgo adulto en una democracia que lleva demasiado tiempo instalada en la provisionalidad.
Ahora bien, conviene separar el mito de la lección útil.
Frank Underwood no es un modelo democrático. Su figura se apoya en la manipulación, el desprecio institucional y la ética instrumental. España no necesita eso. La democracia liberal no se fortalece con líderes que entienden el poder como un fin en sí mismo. De hecho, buena parte de los problemas actuales vienen precisamente de la erosión de la confianza en las instituciones y de la percepción de que las reglas se adaptan al interés del gobernante de turno. Lo que sí podría necesitar España —y aquí es donde la pregunta cobra sentido— es algo del perfil que Underwood caricaturiza: liderazgo estratégico, valentía política y capacidad de asumir costes. Un dirigente que no gobierne solo a golpe de encuesta, que priorice reformas estructurales aunque sean impopulares a corto plazo, y que entienda el poder como una herramienta para transformar, no solo para resistir.
Desde una mirada más cercana a la derecha, esto se traduce en algunas ideas claras: menos política de gestos y más gestión; menos dependencia del relato y más respeto por la economía real; menos improvisación legislativa y más seguridad jurídica. España no necesita un titiritero del sistema, sino un reformista serio, con autoridad moral y política, capaz de ordenar prioridades y devolver previsibilidad al país.
También hay un matiz cultural importante. Frank Underwood es producto de un sistema presidencialista, hipercompetitivo y personalista. España, con su tradición parlamentaria y su pluralismo territorial, exige otra clase de liderazgo: firme, sí, pero integrador; decidido, pero institucional; ambicioso, pero consciente de los límites.
En definitiva, España no necesita un Frank Underwood. Necesita justo lo contrario de su versión más oscura. Pero sí necesita líderes que no teman ejercer el poder con claridad, que entiendan la política como responsabilidad histórica y no como mera supervivencia diaria. Menos cinismo brillante y más convicción serena. Menos juegos de tronos y más sentido de Estado.
La verdadera pregunta, quizá, no es si necesitamos un Frank Underwood, sino si somos capaces de exigir —y respaldar— un liderazgo adulto en una democracia que lleva demasiado tiempo instalada en la provisionalidad.

